Recientemente, a través de una declaración pública, las principales confesiones religiosas de Chile expresaron su preocupación por el deterioro de las relaciones cívicas, el aumento de la inseguridad, la corrupción y la incapacidad de los actores políticos para llegar a acuerdos en nuestro país. Ante esta situación, hicieron un llamado a un gran acuerdo nacional por amor a Chile. Para profundizar sobre este tema y sobre la violencia que estamos viviendo como sociedad, conversamos con el sociólogo Jorge Blake, vocero de la Fundación.
¿En qué minuto Chile se volvió un país violento?
Lo primero que debemos considerar es que las sociedades pueden ser incubadoras de paz o de violencia. Cuando como sociedad nutrimos a las personas de valores y salud emocional, también de derechos básicos como oportunidades en educación, podemos incubar paz, porque todos tenemos un lugar, somos vistos y reconocidos. Pero, cuando el Estado no es protector y existen personas invisibles, en sus más diversas formas de exclusión, ahí engendramos sociedades de violencia. Esto no quiere decir, que justificamos la violencia, pero sí que nos debemos una comprensión profunda de ella. Cada sociedad es responsable de sus propios índices de violencia.
¿Qué fenómenos ayudaron a que se generara este clima?
Dicho lo anterior, la violencia no surge de sí misma, se va engendrando gradualmente, producto de injusticias, de un malestar, que se expresa en último término como violencia. Incluso, la Doctrina Social de la Iglesia afirma que la injusticia genera violencia. Entonces, para que haya violencia se tienen que dar ciertas condiciones, no surge de la nada, es resultado de un proceso y es transversal, se puede dar en la calle, en la convivencia vial o en la sala de clases.
¿Se puede decir que es producto del estallido social o de la migración?
Durante el estallido social, ciertos grupos políticos romantizaron la violencia, por lo que bajamos la barrera, acerca de lo que es legítimo, pero esa no es el punto. El estallido social fue un hito, pero no engendró la violencia vivida. Lo que sí hubo, una clase política muy responsable de haber reivindicado la violencia. En cuanto a la migración, debemos tener mucho cuidado, puesto que lo que estamos enfrentando es una importación de delitos, los que debemos reconocer evitando una mirada xenófoba.
¿Cómo debemos enfrentar esta escalada de violencia?
Hay distintas experiencias. En Finlandia, por ejemplo, implementaron un programa en los colegios para eliminar la violencia escolar, KIVA, y su premisa es que en todo acto violento hay un agresor y agredido y se nos olvida que hay testigos, que normalizan la agresión. Tenemos que trabajar, entonces, en la educación preventiva para que esos testigos sean interventores o sepan prevenir. Esto requiere un compromiso de todos como sociedad, desde el discurso político hasta nuestro espacio laboral. Debemos buscar ese diálogo y llevar esta premisa más allá del ámbito escolar.
¿Qué rol debiera jugar el Estado en su enfrentamiento?
El Estado tiene un rol preponderante. Las policías tienen reglas en el uso de la violencia y durante el estallido social vimos cómo en Chile se habían quedado atrás. Es importante revisar el uso legítimo de la fuerza, la inteligencia policial y la mala triangulación de datos, para que puedan ser efectivas. En Chile, el problema es la recurrencia. Al sistema le cuesta perseguir y sancionar. También es importante la reparación, la paz nace de la justicia y tenemos que hacernos cargo de eso como sociedad.
En este sentido, ¿Qué connotación social tiene la firma de este llamado de las diferentes confesiones religiosas?
Es muy oportuna, puesto que en esta cruzada debemos estar todos de acuerdo. El Papa Francisco en su Encíclica Fratelli Tutti, plantea que las religiones pueden proponer caminos de paz y de diálogo, en razón a la apertura a lo trascendental y a la espiritualidad que cada uno transmite. Los católicos estamos llamados a ser promotores de paz y tenemos que partir examinándonos nosotros mismos.
¿Y qué rol debiéramos tener los católicos?
Un rol de diálogo. La Iglesia siempre ha tenido un rol interventor y aunque, en este último tiempo, ha estado un poco ausente no podemos quedarnos para siempre en una autoflagelación, debemos ser promotores de paz.
¿Se le puede poner fin a la violencia o es un fenómeno que va in crescendo?
Es parte de la historia humana, pero conforme avanzamos en estado de derecho se espera que se reduzca cada vez más. Uno soñaría con sociedades libres de violencia. Siempre van a existir expresiones de violencia, pero lo que nunca podemos permitir es su legitimización. Tenemos que estar muy conscientes de que hay que poner medios para sostener la paz como el programa de los colegios en Finlandia. Debemos procurar cuidar la paz poniendo medios activos.
¿Qué llamado le haría a la sociedad chilena?
Pienso que uno jamás asesinaría a su hermano, y desde el punto de vista cristiano, somos hijos de un mismo Padre, pero hay algo que ocurre que nos está desconectando con esa fraternidad. Creo que en esta crisis hay una dimensión espiritual, que nos facilita recurrir a la violencia. Ojalá le demos vuelta a este punto.